Merecían el friso completo del presente

reinasLa imagen de la cubierta de Reinas de Navarra nos muestra a Leonor de Aquitania y a su madre doña Juana Manuel en actitud orante.

Leonor nació hacia 1360 hija del conde de Trastámara Enrique II y su infancia transcurrió a la sombra de la guerra civil castellana y del ascenso de su padre al trono de Castilla. Legitimado por su matrimonio con una joven de alto rango nobiliario como era doña Juana Manuel, hija del infante don Juan Manuel y Blanca Núñez de Lara, y por la concesión del condado de Trastámara en tierras gallegas se enfrentó a su hermanastro Pedro I el Cruel por el trono de Castilla.

Es probable que la infanta naciera en Aragón, cerca de Zaragoza, donde sus padres habían buscado cobijo. Leonor era hermana del futuro Juan I de Castilla con quien regresó a Burgos el año 1366 junto con su madre doña Juana Manuel  por orden de Enrique II, coronado en las Huelgas de Burgos poco antes. Pero tras la batalla de Nájera de 1367 tuvo que salir del reino en dirección a Aragón. De esta época data con casi toda probabilidad el retrato de madre e hija, nos dice la autora de la microbiografía dedicada a la reina Leonor. Debió de ser una larga travesía, como luego lo fue su vida. Enrique II concertó su matrimonio con Carlos el Noble, infante de Navarra. Tuvieron una prole de ocho vástagos de los cuales sobrevivieron dos: Isabel y Blanca de Navarra, conocida por la funesta redacción de un testamento que la convierte en culpable de la guerra posterior.

Castillo de Olite

Castillo de Olite

El castillo de Olite fue residencia de los reyes Leonor y su esposo. La reina disponía de una cámara donde cuelga la hiedra roja y se enreda por las columnas de ese pequeño claustro donde Leonor solía descansar. Las leyendas son muchas y de sesgo romántico pero lo cierto es que los muros del castillo guardan los lamentos y las cuitas de una reina discreta que gobernaba Navarra, pero tenía el corazón en Castilla. En esa cámara y en su alcoba conservaba Leonor su independencia, con la pequeña corte de castellanos que su marido le había permitido mantener. El castillo sobrevive pero solo su armazón ya que había sido construido de ladrillo a la manera castellana y no resistió las inclemencias del tiempo ni a un incendio a manos de Espoz y Mina que lo provocó para evitar el paso de Napoleón. Estas curiosidades forman parte de los textos complementarios que acompañan las biografías de las 31 reinas, así como sus genealogías y documentos a los que tiene acceso el lector si desea profundizar en sus vidas.

Castillo de Olite

Castillo de Olite

Fueron vidas trufadas de acontecimientos algunos de ellos aterradores, pero que dan viva cuenta de su fortaleza como reinas y sobre todo como mujeres.

He hablado aquí de Leonor porque figura en la cubierta y es una princesa trastámara que a casi todo aquel que se precie de conocer la historia le resulta familiar, pero podría haberlo hecho de Inés de Aquitania o Berta de Aosta, cuyas vidas fueron las que incitaron a la Dra. Julia Pavón, y directora de este proyecto, a encargar la tamaña empresa de reunir 31 biografías en torno a 31 mujeres cuyo papel no puede ser desestimado en la legitimación de la naciente monarquía navarra, personificado en la reina Toda Aznárez.

La reina Leonor

La reina Leonor

Este libro coral, que consta de casi 900 páginas, encuadernado en tapa dura, está trufado de momentos cruciales para la historia de Navarra, en los que sus reinas, nos dice el prologuista Luis Javier Fortún, tuvieron un papel decisorio en la determinación del rumbo que escogió el reino pirenaico.

Pavón hizo suyo el empeño de abundar en la relación de las reinas con sus hijos, que marcaba profundamente su educación y era esencial en la definición no solo de la personalidad del siguiente monarca, sino también de su programa político y su actuación.

Inés de Aquitania fue la primera esposa de Pedro I de Aragón (y Pamplona). De su unión nació la estirpe regia de Pedro y su hermana Isabel. Con la debida cautela y haciendo uso de fuentes sólidas, leemos que Ramón Menéndez Pidal glosa los esposales en Valencia de Pedro con María, una de las hijas del Cid, hacia 1058. Julia Pavón nos ofrece los versos finales del Poema del Mio Cid, donde aparece que las hijas de Rodrigo, Cristina y María, erróneamente llamadas doña Elvira y doña Sol, fueron solicitadas por el rey Pedro I para los infantes de Navarra y Aragón; esto es, para Ramiro y Pedro.

Hay más anécdotas, como la de Clemencia de Hungría, mujer fuerte y sin remilgos que tampoco se sintió nunca navarra y a quien no le importó despojarse de su camisa para convertirse en la esposa de Carlos Valois, heredero de Francia, o la de Magdalena de Francia, regente de Francia hasta la mayoría de su hijo Francisco Febo, que murió de forma prematura, por lo que la reina tomó las disposiciones necesarias para asegurar la tutela de Catalina, hermana de Francisco.  Catalina se hizo así con el trono navarro. Magdalena tuvo que soportar las presiones de Castilla y de sus Reyes Católicos, empecinados en casar a su hijo Juan con Catalina. Se opuso a los designios de los Católicos en lo que el historiador Luis Suárez ha dado en llamar “el plan de Madrid”, por el cual proponían el enlace del príncipe don Juan con Catalina, mediante el cual se gestaba la incorporación del reino navarro al seno de la Monarquía hispánica. Sin embargo, Magdalena decidió que el candidato elegido fuera Juan de Albret que garantizaba los bienes de la casa de Foix en Catalina.

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Los jardines de la reina Leonor

Cuenta sabiamente el prologuista de esta obra que algo conocíamos de estas historias pero “merecían el friso completo del presente, que supusiera una aportación consciente desde el medievalismo navarro a la historia de las mujeres, tan en boga desde las dos últimas décadas del siglo xx gracias a los trabajos de G. Duby, corriente historiográfica que no es solo fruto de un impulso del feminismo en la historia, sino de la ampliación de las perspectivas del análisis histórico durante la pasada centuria, a resultas de la asunción del carácter poliédrico de la vida humana”.

Una nueva lectura de la Edad Media gracias a nuestra particular travesía por las iniciativas culturales de estas 31 reinas, sus empresas, su coraje, sus conquistas, sus pérdidas, su legado, y su papel de madres e hijas de progenies regias. Una lectura que puede iniciarse a la mitad del libro, por ejemplo, o donde se le antoje porque, aunque el relato sigue la cronología de las dinastías de los reinos pirenaicos, su lectura puede ser diacrónica, según el humor del lector o sus preferencias por una reina coraje, reina desarraigada, reina amorosa, reina madre, reina abandonada, reina propietaria o reina consorte.

La presentación del libro Reinas de Navarra tuvo lugar en la librería Walden el día 24 de octubre.

Cristina Pineda

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