Franco me arruinó la vida

En noviembre de 1938 se dio por fracasada la ofensiva republicana del Ebro. Los bombardeos que sufrió Cataluña fueron sangrientos y descarnados.  En estas fechas se cumplen unos cuantos meses y unas cuentos años de aquella batalla que todos tenemos en el recuerdo.

José Bueso (Barcelona, 1974) historiador por la Universidad de Barcelona, y profesor de Historia en el Ceip Castell de Calafell escribe para 7calasensilex las emociones y vivencias de un sobreviviente de esa batalla, Gabriel León Honrubia.


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A principios de 1938 miles de jóvenes fueron reclutados para luchar en el ejército Republicano en la que sería una de las batallas más sangrientas y decisivas de la Guerra Civil española, la ‘Batalla del Ebro’. Eran los integrantes de la ‘Quinta del biberón’, chavales de entre 17 y 19 años llevados a una más que posible muerte.

Gabriel León Honrubia (Tarragona, 1920) era uno de aquellos jóvenes. Hoy,  pasados 74 años, Gabriel, mecánico de profesión, hombre inquieto y de buena salud, nos recibe en su casa para contarnos su experiencia de aquellos tiempos. Nos encontramos en Segura, pueblecito de apenas unas decenas de habitantes situado al norte de la comarca tarraconense de la Conca de Barberà. Pese al tiempo transcurrido Gabriel recuerda muchísimos detalles, y los sabe contar. Mantiene una envidiable forma física, fruto de una incansable actividad a lo largo de su vida. Gran deportista, mecánico de bicicletas, motos y coches, presume sobretodo de haber construido con sus propias manos la casa de piedra donde vive. Toda la vida ha mantenido unos hábitos saludables, nunca ha fumado, no ha bebido en exceso y la carne no le ha gustado mucho. Pero más aún que su forma física destaca una gran claridad mental. Durante 3 horas, con voz tranquila  y firme, nos descubre una parte fundamental de su historia, una parte fundamental  de nuestra historia, de nuestra memoria.

“Yo no creo en Dios. La guerra me hizo descreer.” Declarado ateo, pese a tener simpatía por las ideologías de izquierdas, nunca perteneció a ningún partido. “Lo más importante es la familia, sacar la familia adelante.” Él ha vivido entre dos familias. En una era el menor de 6 hermanos (4 mujeres y 2 hombres), en la otra, marido y padre de 2 hijas, además de abuelo de 3 nietos y 2 nietas. Único superviviente de la primera, disfruta todo lo que puede de la segunda.

La guerra le pilló en el lado republicano, y por él luchó, más convencido que menos. Algunas cosas las tiene muy claras. “Hitler era un criminal, Franco un payaso. Me arruinó la vida, por su culpa no pude estudiar.” Al inicio de la guerra Gabriel sigue a su familia desde Tarragona a El Port de la Selva, en el gerundense Cap de Creus. Allí su padre dirige las obras de construcción del puerto, y con él trabajan también sus dos hijos varones. Laureano, que le lleva diez años a Gabriel, es el primogénito. Entre los dos, cuatro mujeres: Mercedes, Amparo, Emilia y Andrea.

En El Port de la Selva pasan dos años, y Gabriel, apasionado de la mecánica, aprende a utilizar una excavadora. Se le da bien, como se le dió bien aprender a conducir un coche a los 7 años, un elegante Essex verde, y como se le dió bien andar en bicicleta, como demuestran sus triunfos juveniles en Zamora, ciudad donde vivió con su familia entre 1932 y 1935.

La guerra pasa más o menos al margen de sus vidas, si es que tal cosa pudo ocurrir en aquellos años, hasta que llegó 1938. Gabriel, alistado en el cuerpo de Marina, tras un tiempo de incertidumbre es reclutado para el cuerpo de Artillería del Ejército Republicano. Antes de llegar a su destino, en Reus, hace una parada en Figueres, donde compra una maleta, una de ésas grandes, rectangulares, duras. No recuerda porqué la adquirió.

“En Reus hice la instrucción, en el Parc Samà, un gran parque situado a las afueras de la ciudad. Lo que más recuerdo de esa época fue algo que me pasó una tarde. Habíamos acabado el entrenamiento del día y estábamos descansando todos en el parque. De repente,  a unos doscientos metros me pareció ver una figura conocida. Me acerqué, y efectivamente, se trataba de un antiguo compañero de instituto. Yo sabía que él era falangista y su padre militar, no precisamente del bando republicano. Le dije que no se preocupara, que no le iba a delatar. Le pedí un favor, que llevara mi maleta con ropa dentro a mi familia, que por entonces ya había regresado a Tarragona. No sé porqué lo hice. Como compensación le regalé todo el tabaco que había acumulado. Nunca he fumado, y entonces nos daban tabaco como parte de las provisiones. Nunca supe más de él. La maleta nunca llegó a su destino.”

“Nos enviaron al frente del Ebro. A mi me tocó en Flix. Teníamos que cruzar el río por la noche. Nos subimos a una balsa muy pequeña que se hundió por el peso antes de partir. El teniente al mando nos atizó en el hombro a mi y a otro soldado con un bastón y nos ordenó bajar de la balsa. Tuvimos que empujarla y cruzamos el río con el agua al cuello, ¡con todo el peso que llevábamos!, el macuto, los proyectiles… Cuando estábamos a punto de llegar a la otra orilla nos empezaron a disparar. Fue como un pequeño desembarco de Normandía. ¿Miedo? Claro que pasas miedo, pero no piensas en eso, no piensas en nada, sólo en lo que estás haciendo.”

“En lo alto de la otra orilla vi el primer muerto. Era un soldado de los nacionales, le habían cortado la cabeza por la mitad, de un tajo vertical.”

“ Como atacamos en un meandro que hay en el Ebro a las afueras de Flix, sin saberlo nos enfrentamos entre nosotros, Alguno murió de disparos amigos.”

“ Los nacionales se hicieron fuertes en un edificio. Como no se rendían tuvimos que luchar para someterlos. Hubo bajas de ambos bandos. Finalmente se rindieron. Entré en el edificio al lado de nuestro teniente, al que apodábamos ‘Fantasma’. Sólo entrar preguntó quién estaba al mando. Un oficial se acercó, creo que también era teniente. ‘Fantasma’ le pidió la documentación, la leyó y sin mediar palabra sacó su pistola y le descerrajó un tiro en la cabeza. Cayó a mis pies. En ese momento no aprobé lo que hizo, ahora sí. Creo que tomó la decisión correcta, por culpa de no rendirse muchos chicos murieron, de los dos bandos.”

“Tras esta victoria conseguimos tres morteros de los nacionales. Eran mucho mejores que los nuestros, más modernos. Ellos estaban mejor armados. La guerra la ganó Hitler, que era un criminal. Franco siempre fue un payaso. Hitler estaba ensayando para la guerra europea.”

“Después de tomar Flix avanzamos por La Fatarella hasta Vinyols i els Arcs. No la pudimos tomar porque no llegó el material necesario. Los franceses lo retenían en la frontera. Francia nunca nos ayudó. Tras la guerra trataron fatal a los refugiados republicanos de los campos de concentración. Cuando el material llegó era demasiado tarde, los fachas ya habían empezado la contraofensiva y nos hicieron retroceder hasta el Ebro. Nos hicimos fuertes en un alto, y cavamos trincheras. Fue el peor momento. Todos estábamos llenos de piojos, nos pasábamos todo el día rascándonos, en la cabeza, las piernas, toda la ropa estaba infectada de piojos. Si alguien dice que ha estado en el frente del Ebro y que no tenía piojos, miente. No ha estado. Todos teníamos piojos, oficiales incluidos. Nos dolían las uñas de reacarnos. Lo pasamos muy mal. La aviación alemana nos bombardeaba diariamente. Los Fokker eran especialmente terroríficos. Venían una vez a la semana. Se acercaban muchísimo al objetivo, y en su bajada en picado hacían un ruido agudo espeluznante provocado por  sirenas. Cuando estaban sobre el objetivo soltaban la bomba,  que provocaba un agujero de 50 metros de diámetro. Vi muertos hechos trizas. Yo tuve suerte.”

“Cuando emprendimos la retirada se presentaban dos opciones, o huir a Francia o volver a casa, a Tarragona. Elegí volver con la familia. ¿Qué se me había perdido en Francia? Fui con un grupo hasta El Catllar, allí cogí la carretera de Els Pallaresos hasta Tarragona. Durante el camino, de noche, pensaba que no podía entrar en casa con tanto piojo. Tenía  decidido dormir fuera, a los pies de la puerta. Pero cuando llegué, mi madre me vió y mandó quemar toda la ropa que llevaba puesta.” Gabriel cuenta todo el relato de la guerra de manera serena, templado. A la pregunta de cómo le recibieron su madre y hermanas se emociona por primera vez y esboza una sonrisa llena de añoranza, a la vez que se le humedecen los ojos. Pero no dice nada.

“Estuve escondido en casa un tiempo. Recuerdo que un día llegaron unos militares y requisaron una motocicleta que tenía en el patio. Lo vi todo desde una ventana. Mi madre protestó, le pidió a un religioso que acompañaba a los militares que hiciera algo para impedirlo, pero éste le dijo que no podía hacer nada. A mi la guerra me quitó la fe.”

“La guerra acabó y yo seguía escondido. Mis hermanas iban cada día al mercado y allí se informaban de la situación, por si había casos como el mío, de las opciones que tenía…Un día decidí ir a Comandancia de Marina. Me presenté como soldado de Marina y tomaron nota. Al poco tiempo vinieron a buscarme y me enviaron a Ferrol del Caudillo con otros como yo. Tenía 19 años. En Ferrol hice la instrucción durante 4 meses. Era como una reeducación. Desde la ventana de mi habitación se veían las murallas del fuerte que hay en el puerto. Cada uno de los días que pasé allí, por la mañana, a primera hora, llegaba un pelotón de fusilamiento acompañado por un cura, y ejecutaba a gente. A veces era uno, normalmente varios, otras veces, muchos. Cada día. Supongo que cuando me fui continuaron.”

“Al acabar la instrucción me destinaron a Málaga. Era un buen destino. A los catalanes nos trataban bien, nos daban buenos destinos. No sé porqué.”

“En Málaga me alistaron en un barco, primero como marinero y al poco de amanuense. Tenía mucho tiempo libre. Me gustaba. Se trataba de un velero con grandes mástiles. Nos hacían subir y bajar del mástil lo más rápido posible. Había gente que lo pasaba mal, los que tenían vértigo o no sabían nadar. A mi me encantaba. A veces me mareaba, pero lo aguantaba.”

Gabriel León tiene muchas cosas que contar. Y no sólo de la guerra. Disfruta haciéndolo. Recuerda mucho y lo sabe explicar. Habla con pausa, es muy preciso con el lenguaje y tiene un vocabulario riquísimo. Le encantan los detalles. Mueve poco el cuerpo, sólo las manos, en un movimiento lento, continuo. Es un hombre que no para, pero que no se acelera.

Es la hora de marchar. Aprovechamos para dar un vistazo a la casa, llena de recuerdos. Nos enseña una foto de joven, de la época en la que disfrutaba en el barco de la Armada. Se le ve seguro, un chico joven con toda la vida por delante. Antes de irnos nos obsequia con un libro que compró en Ferrol del Caudillo. Se trata de un libro de propaganda nazi sobre la aviación alemana, la misma que Gabriel tardó años en alejar de sus pesadillas.

José Bueso

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Una respuesta a Franco me arruinó la vida

  1. aurora leon dijo:

    me ha emocionado este relato

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