Eleonor Domínguez. In memoriam

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Nunca conocí en persona a Eleonor Domínguez Ramírez, el fundador de Sílex ediciones, pero puedo reconocer su categoría en su hijo, en mi socio, en mi colaborador, en mi jefe, en mi editor, su hijo, mi amigo Ramiro. Con saberle padre de Ramiro Domínguez Hernanz me basta para hacerle merecedor del mejor de los elogios. Pero es que, además, Eleonor no es solo cabeza de una dinastía de editores, por si fuera poco, es un referente en el campo de la iniciativa cultural, del emprendimiento de quienes hacen valer su arrojo para que los demás seamos más sabios y, así, podamos ser mejores personas.

Si en 1967 Eleonor Domínguez Ramírez creaba Sílex, nueve años antes había dejado ya su impronta al comenzar a editar láminas de arte, postales y sus primeros libros, pero bajo la vitola de su propio nombre. Su fallecimiento nos sume en el dolor a cuantos sabemos admirar la proeza de quienes como él han sabido ser maestros de editores.

Yo te agradezco Eleonor cuanto hiciste y cuanto fuiste capaz de transmitir.

Y a ti, Ramiro, quiero que sepas que mi dolor es enorme, porque como sabes yo a ti te quiero.

José Luis Ibáñez Salas

 

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Era un hombre admirable. Un editor de los de tradición. No sé si alguien le rendirá alguna vez el tributo que se merece. No hay que olvidar que fue el primero en liarse la cámara al hombro y fotografiar las pinturas rupestres de Altamira. Cuando me conoció me trató al principio con cierta desconfianza, pero en seguida le demostré que era merecedora de cierto respeto. Vengo de familia de editores, impresores, historiadores. Yo solo quería impresionarle, pero sin llamar mucho la atención. Lo que más le atrajo de mí, sin embargo, no era lo que sabía, sino todo lo quería aprender y ayudar en su editorial, Sílex ediciones.

Acabó recitándome poemas. Versos enteros del Tenorio. Yo de Lope. Él de Calderón. Y así… Me llamaba la reina de Suecia. Era un hombre tremendamente divertido. Inteligente. Sabio. Ácido. Demoledor. Llevó la editorial al éxito. Se la dejó a su hijo, Ramiro, que la dirige por buen camino.

Participó como fotógrafo en el grupo de salvamento de los monumentos  de Nubia. Suyas son innumerables fotos del templo de Debod en su emplazamiento original. De esa época son las fotos que aquí aparecen. Aparte de ser un editor de garra, era guapo a rabiar y tenía voz de locutor de radio. Era generoso, y amante de la buena comida y el buen vino.

Hoy su hijo, Ramiro Domínguez, iba a presentar la octava edición del volumen III de “Introducción al Arte Español”, aumentada y corregida; una colección dirigida por Fernando Marías Franco e Isidro Bango. La gran apuesta de su padre, así como los libros del Prado básico, los primeros que hubo del museo y que le convirtieron en el editor que luego fue, aunque ningún foco se posara en él. ¿Le recordará la historia de la edición?

No lo sabemos. Aquí está su legado. En esta casa editorial pequeñita que el fundó sin otro ánimo que el de llevar la historia a las universidades. Aquí, y en las librerías y bibliotecas de España y allende los mares.

Recuerdo cuánto me hizo reír y el empeño que puso en entretenernos y hacernos felices a los que trabajamos con él. Yo ya no le conocí como jefe sino como padre del editor de Sílex. Luego, como conversador y anfitrión de veladas hermosísimas.

Nació el día que los nacionales entraron en Madrid. Hoy llorarán en silencio los bueyes de Altamira y Las Meninas del Prado.

Descansa en paz, Eleonor.

 

Cristina P.

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