Resistencia al cambio y el cambio como resistencia

En muchas ocasiones se nos ha presentado la Edad Moderna como una época en la que el inmovilismo social era la norma: era prácticamente imposible que los distintos estamentos pudieran moverse y eso garantizaba la estabilidad del Antiguo Régimen. Pero esa concepción no es del todo cierta.

Gracias al congreso celebrado en la Universidad de Valencia entre el 23 y el 25 de octubre de 2013, titulado Congreso internacional. Cambios y resistencias sociales en la Edad Moderna, y ahora al libro que recopila los trabajos, editado por con el mismo título, es fácil comprobar que gracias al cambio de metodología de la historia social, donde ya no se analizan únicamente las clases sociales de un modo independiente como impulsores de la historia y prestando atención a los intereses personales, familiares, buscando los resquicios de libertad en los que un individuo podía actuar de un modo autónomo.

La Edad Moderna ya no queda como el tránsito de la Media a la Contemporánea, sino que, tal como señalan en el blog de Metahistoria, “una vez leído Cambios y resistencias sociales en la Edad Moderna es imposible no replantearse algunos de los tópicos que rodean a la sociedad de la Edad Moderna, mucho más rica en matices que la imagen que habitualmente se suele proyectar sobre ella. Si bien el poder lo ostentaban unos pocos (más de los que creemos), nada impedía que distintos grupos sociales, humildes o nobles, contestasen ese poder a través de distintas manifestaciones, entre las que tenía cabida incluso la violencia. No debemos olvidar que el absolutismo fue algo novedoso en los siglos XVI y XVII y no siempre fue bien recibido por todos. También queda patente cómo el ascenso social estaba unido a la capacidad política del individuo, a sus influencias en la corte y, por supuesto, a la suerte. Lógicamente, un número reducido de personas contaban con más facilidades de prosperar (y buscaron preservar esos privilegios), mientras que el resto debía afrontar obstáculos casi insalvables. La turbulenta Edad Moderna, no obstante, siempre permitía algún resquicio por el que apoyarse”.

De ahí que los de arriba se resistieran al cambio, y los de abajo reclamaran el cambio como resistencia a la concentración del poder.

 

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