Lecciones de historia

Nos preguntamos por qué los historiadores no llegan al fondo del lector. Será que el lector, instruido o no, lee para aprender. Si pertenece al primer grupo, detestará las imposturas del lenguaje y buscará la verdad sin ambages ni grandes adjetivos ni jaeces. Si pertence al segundo y le ha tocado en desgracia tener poca formación, no hay otro medio que la llaneza, como decía Sancho, para mostrarle la realidad y hacer brotar en él el deseo de búsqueda de conocimiento.

En España no necesitamos buenos académicos. Como le gusta decir a uno de los catedráticos que codirige con nosotros una colección, tenemos a los mejores espadas. Lo que ocurre, lamentablemente, es que desdeñan la divulgación, no por entretenida, sino por considerarla un género menor. Yo atribuiría gran parte de la culpa a la escasa importancia que conceden los distintos gobiernos de uno u otro signo a la enseñanza de la historia. Se premia el rigor científico, pero no el discurso narrativo. Y sin discurso ni recursos lingüísticos no puede hacerse historia, porque no hay manera posible de que el mensaje llegue al destinatario.

En Sílex recalan grandes de la historia que pueblan de palabras y sabiduría nuestro erial. Pero los editores, aparte de palabras, mejor o peor hiladas, necesitamos llevar esas palabras por un cauce más propicio que vea recompensados nuestros esfuerzos, si no en vil metal, al menos, en público lector. No se trata de dar lustre ni esplendor sino de quitarlo. Y lo digo yo, que disfruto con el alambique y las piruetas linguísticas. Nosotros redondeamos las palabras, las acercamos al lector o eso intentamos denodadamente. Ahí es donde nos encontramos con el escollo de los historiadores, interesados en otras lides.

Convendría a todos: historiadores, filólogos y editores, leer un artículo publicado el 5 de febrero de 2014 en el magnífico “Culturas” de La Vanguardia donde lo explican perfectamente. Lleva por título Cambio de referente: de Eric Hobsbawm a Tony Judt. El análisis que hace José Enrique Ruiz Doménech del legado de estos dos historiadores es sumamente interesante. Ruiz Doménech resalta el compromiso cívico de escritores que cuestionan ciertos dogmas que habían inspirado a la izquierda del siglo xx. Judt percibe que “algo va mal” cuando no se tiene conciencia de que “la democracia puede sucumbir ante una versión corrupta de sí misma”.

Eric Hobsbawm

Esta realidad de la que habla Judt es visible, sin embargo, para Hobswawm y la interpreta como “un simulacro organizado por el poder industrial capitalista”.

Finaliza Ruiz Doménech advirtiéndonos de que todavía no se han resuelto los motivos que dieron lugar a la Primera y la Segunda Guerra Mundial. “Ambos coinciden en reconocer que la historia tiene en sus manos descubrir esa amenaza, e insisten en que sus libros se encuentran las herramientas para vencerla”.

Tony JudtEn un apartado, Xavier Casals sabe que este elenco, junto con otros autores de tradición anglosajona como Paul Preston, Hugh Thomas, Henry Kamen, Ian Gibson, Stanley G. Payne o Antony Beevor ha basado su acierto en divulgar la historia –añado, la que nos absolverá– en la articulación “de un relato poderoso, dotado de rigor y a la vez capaz de atraer a un público extenso. Sus ensayos combinan erudición y agilidad, investigación y síntesis”.

Hace hincapié Casals en que en España carecemos de esta tradición de divulgación, un déficit que se arrastra desde el franquismo y los currículos universitarios vigentes han acentuado”.

Convendría hacer una profunda reflexión al hilo de estas advertencias y observaciones para evitar que la historia vuelva a su crisálida, dejando a oscuras y sin revelar al resto del mundo la mirada de nuestros historiadores españoles.

Es una labor de todos, pero los editores tenemos la responsabilidad de acercar la historia al lector y tenemos que convencer al autor de que abandone vanos ropajes y busque palabras sencillas. Como si el libro lo tuviese que leer su abuela.

Cristina Pineda

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Una respuesta a Lecciones de historia

  1. luisansierra dijo:

    Totalmente de acuerdo contigo, Cristina. Lo suscribo al cien por cien.

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