Discurso de José M. Blanco Villero en la presentación de Salud y enfermedad

EXCMO. SR. PRESIDENTE DE LA REAL ACADEMIA DE SAN ROMUALDO,

EXCMAS. E ILMAS. AUTORIDADES,

SRAS Y SRES.

Sean mis primeras palabras de agradecimiento a la Institución que nos acoge. La Real Academia de San Romualdo, primera y principal institución cultural de San Fernando, que año tras año -y van sesenta-, se esfuerza -con muy pocos medios pero con mucho entusiasmo- en la promoción y difusión del conocimiento de las ciencias, las artes y las letras.

Debo agradecer igualmente las palabras de D. Ramiro Domínguez, director de la Sílex ediciones, pero sobre todo debo felicitarle por la magnífica edición del libro que hoy presentamos. Se trata de un dignísimo volumen de 344 páginas en cuarto con encuadernación en rústica con solapas y cubierta a todo color. En la cubierta anterior ha tenido el acierto de colocar el cuadro titulado The Gross Clinic, considerado la obra maestra del pintor Thomas Eakins y uno de los lienzos más famosos del siglo XIX en Estados Unidos. En él se aprecia al doctor Gross en el anfiteatro quirúrgico del Jefferson Medical College quien, junto a otros colegas, practica una intervención en el muslo de un joven paciente. Debemos recordar que Thomas Eakins estudió anatomía en el Jefferson, pues quería ser cirujano, aunque luego se decantaría por la pintura.

Con este libro Salud y Enfermedad en los tiempos de las Cortes de Cádiz. Crónica sanitaria de un bicentenario incardinado en la colección Bicentenarios, Sílex continúa fiel a su compromiso de publicar libros de historia desde aquel ya lejano 1972 en que comienza su andadura y que le ha llevado a recibir numerosos premios. No quisiera olvidar tampoco el gran trabajo del equipo editorial con Cristina Pineda a la cabeza, que se ha esmerado en corregir una y otra vez los errores que íbamos detectando en los sucesivos borradores.

4También debo mostrar mi sincero agradecimiento por sus palabras a Ana Bocanegra, directora del Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz quien, desde el principio, acogió la idea de publicar este libro con entusiasmo y nos facilitó todos los pasos necesarios hasta llegar al día de hoy. Debo decir que el Servicio de Publicaciones de la UCA ha sido galardonado con el decimosexto Premio Nacional de Edición Universitaria a la mejor monografía en el área de Ciencias Experimentales, su cuarto premio desde que en 1998 comenzara a convocarse. También quisiera mencionar la ayuda recibida por parte de Pedro Cervera, director de Edición y Calidad del mismo Servicio.

Es un hecho que la colaboración entre el Servicio de Publicaciones de la UCA y la editorial Sílex está dando muy buenos resultados y es de esperar que en el futuro se amplíen las coediciones entre ambas entidades.

Es habitual que se compare la presentación de un nuevo libro con la reproducción humana; de este modo se suele hablar de una concepción, una gestación y un parto con alumbramiento; sin embargo el libro que hoy presentamos tiene muchas más similitudes con el ciclo reproductor de los insectos que incluye, además, una fase larvaria y otra de pupa o crisálida. La concepción del libro data de comienzos del 2010, cuando el entonces director de la oficina del bicentenario acudió a mí para que organizara un Simposio sobre la salud y la enfermedad en aquellos tiempos. Acogí la propuesta con cierto escepticismo; escepticismo que fue disipándose a medida que los participantes a los que iba solicitando su colaboración me iban diciendo que sí a la primera. Todo se organizó de manera ejemplar con la inestimable ayuda del personal de la oficina del bicentenario. De este modo, tras una fase larvaria de diez meses, en noviembre de 2010, se desarrolló el evento con brillantez y gran afluencia de inscritos; entre ellos muchos alumnos de la Facultad de Medicina de Cádiz.

Tras esta magnífica puesta en escena, quedaba la segunda parte. Yo había puesto como condición para organizar el evento, que las conferencias y comunicaciones fuesen publicadas en forma de libro, porque a ello me comprometí con los participantes. Esta publicación nunca llegó a concretarse de una forma digna ya que, como suele ser habitual, no había fondos suficientes.

Comenzó entonces una fase pupal. Para los no entomólogos, diré que en esta fase crítica de la vida de un insecto se producen, fuera de nuestra vista, una serie de transformaciones tras las que, o bien el insecto muere o cambia de forma para dar lugar a una bella mariposa o un magnífico escarabajo. En esta fase de futuro incierto permaneció el libro hasta que en marzo de 2012 lo presentamos al Servicio de Publicaciones de la UCA. Como ya hemos mencionado Ana Bocanegra, a la sazón directora de dicho Servicio, nos dio muchas esperanzas de publicación en coedición con la editorial Sílex. Y así un mes más tarde, en abril, el director de Sílex, Ramiro Domínguez, felizmente hoy entre nosotros, dio su visto bueno a la publicación, siempre y cuando pasara la evaluación externa por dos expertos independientes. Siguiendo el símil, parecía que la metamorfosis iba por buen camino. Tras pasar la evaluación sin problema alguno, se inició el proceso de edición. El doctor García-Cubillana y yo tuvimos que corregir las sucesivas pruebas de imprenta que nos iban haciendo llegar, hasta que la versión definitiva cobró forma iniciándose el proceso de impresión.

En otras palabras y siguiendo el símil, han pasado casi cuatro años desde la concepción hasta la eclosión del libro. Tenemos, por tanto, que felicitarnos todos, autores y editores, de que el resultado esté hoy a la vista.

Como ya dijimos el libro consta de 344 páginas repartidas desigualmente en dieciséis capítulos, en los que han participado un total de dieciocho autores.

Debo hace una mención especial a nuestro prologuista, el prestigioso profesor y amigo, D. Manuel Bustos Rodríguez, que no ha podido estar hoy con nosotros porque hoy mismo tenía que presentar una ponencia en Madrid.

2Yo no voy a desgranar ahora el contenido de los capítulos porque acerca de ellos va a hablarnos seguidamente El doctor García-Cubillana, pero en cambio si quiero decir algunas palabras acerca del periodo histórico y las circunstancias socio-sanitarias en las que se desarrolla el contenido de este libro. Este periodo se sitúa entre la Ilustración y el Romanticismo. La segunda mitad del XVIII vio como España salía de su decadencia, se habían producido grandes reformas, recuperado la demografía y el Imperio Español había alcanzado su máxima expansión. La ciencia Ilustrada hacía pensar en una recuperación intelectual imparable. España era una potencia Europea. En lo que a la Ciencia se refiere, se crearon Instituciones modélicas tanto civiles como militares; entre ellas los Reales Colegios de Cirugía -el primero el de Cádiz-, Academias de Matemáticas, el Real Jardín Botánico, el Real Gabinete de Historia Natural, etc. También se crea el Real Observatorio de la Marina en Cádiz, la Academia de Pilotos y otras muchas Instituciones. Se financian expediciones científicas a los territorios de Ultramar; entre ellas las Botánicas a Nueva España de Sessé y Mociño; la de Chile y Perú de Ruiz y Pavón y la del Nuevo Reino de Granada de Mutis. Pero la más ambiciosa y a la vez la más desgraciada fue la Expedición alrededor del Mundo de Alejandro Malaspina. Nuestros científicos viajaban al extranjero para perfeccionar sus estudios, se compraban los mejores instrumentos en Londres y París. Todo parecía posible.

Pero el siglo XIX comenzó para España con los peores augurios. El impacto de la Revolución francesa se va a hacer sentir con toda su fuerza en la política española. Hay historiadores que afirman que nuestro drama contemporáneo arranca precisamente de esta Revolución. La Baja Andalucía va a sufrir en 1800 la mayor epidemia de fiebre amarilla de su historia, que deja una grave crisis de población. Es el mismo año que Bonaparte convence a Carlos IV para que eleve de nuevo a Godoy. En 1804 Napoleón se proclama emperador y España camina con él hacia el mayor desastre de nuestra historia naval, la batalla de Trafalgar. Esta derrota condicionará como un pesado lastre todo nuestro siglo XIX. No solo se hundieron barcos y hombres en aquella triste jornada; España dejó de ser una gran potencia, quedaba a merced de Europa. En 1807 Napoleón ya había decidido convertir la Península Ibérica en un estado satélite de París. El resto es historia conocida: la invasión francesa. Mientras los españoles se enzarzan con los invasores, las instituciones se refugian en la Isla de León y Cádiz. Esta tierra, asediada y con los cuatro jinetes del apocalipsis -peste, guerra, hambre y muerte- llamando a la puerta, fue capaz de acoger como se merecían a los representantes de la España libre de ambos hemisferios para elaborar nuestra primera Constitución. Estuvo cerca, muy cerca, la segunda «perdida de España», pero desde esta Bahía se regenerarían las Instituciones y se proclamaría la primera Constitución española. Luego vendría la pérdida de los territorios de Ultramar y la vuelta del absolutismo, pero eso, como diría Kipling, es ya otra historia.

Pero ¿y la medicina? El espíritu de la Ilustración, como no podía ser menos, también impregnó a las ciencias médicas. La salud y la enfermedad se convierten en temas centrales para los hombres de la ilustración. Alumbrados por la razón y apoyados por los llamados «déspotas ilustrados» fueron capaces de superar el aristotelismo y el galenismo imperantes. Entre otros avances, se rehabilitó socialmente a la cirugía y a los cirujanos, hasta ese momento relegados a un segundo plano. También podemos destacar como uno de los mayores logros, la mejora en las condiciones sanitarias de soldados y marineros. Iniciada en Inglaterra con figuras como Pringle, Lind o Blane, en España se concretó en la enorme figura de Pedro Virgili y el Real Colegio de Cirugía de Cádiz, tras cuya estela fueron el de Barcelona y el de San Carlos de Madrid. En estos Reales Colegios se hacía una medicina de vanguardia, frente a la pésima enseñanza universitaria de la medicina en aquellos años. Los estudiantes más sobresalientes eran enviados a las mejores universidades de Europa y se importaban los mejores instrumentos y libros. Además, porque no recordarlo, en Cádiz se unieron los estudios de la medicina y la cirugía.

Se comenzó a hablar de prevención, noción casi sin precedentes en la medicina. Para algunos la vacuna en la lucha contra la viruela fue el logro más importante de la medicina ilustrada. En España esta lucha se tradujo en la Expedición filantrópica de la vacuna encabezada por Javier de Balmis que comenzó en 1803.

3Pero no se confundan; para aquellas personas presentes en esta sala que no conozcan en profundidad la historia de la medicina, debo decir que aquella ciencia médica, ya podemos llamarla así, no era ni siquiera parecida a la que conocemos hoy, ni aún a la que se conocía a finales del siglo XIX. En aquellos años no se sabía absolutamente nada acerca de los microbios, de ahí el nombre de época prebacteriana. Los médicos se dividían entre contagionistas y anticontagionistas. Los que creían en el contagio pensaban, siguiendo a Hipócrates, que ciertos miasmas podían pasar de un cuerpo a otro, originando cambios químicos en el organismo. Estos miasmas se originaban en pantanos, cadáveres, otros enfermos, sus ropas, etc. Para Hipócrates los «miasmas» eran las emanaciones o exhalaciones contenidas en el aire y estaban en el origen de las enfermedades colectivas, que no de las individuales originadas por un régimen vital no adecuado. Estos «miasmas» podían proceder de los astros, subir desde la tierra o provenir de cadáveres en descomposición. Los efluvios como causa de las epidemias tendrán vigencia hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando el descubrimiento de los microbios dé lugar a la era bacteriana de la mano de Louis Pasteur.

Resumiendo; en la segunda mitad del siglo XVIII, en plena ilustración, los médicos advierten de forma mayoritaria que existe una relación causal entre las condiciones geográficas, climáticas, alimenticias y laborales y la aparición de epidemias; éstas se contagiaban a través de los «miasmas». Como consecuencia estas circunstancias debían ser objeto prioritario de estudio. Así nació la geografía médica y la elaboración de las llamadas Topografías médicas.

Como hemos mencionado, no se sabía nada acerca de los gérmenes ni tampoco sobre el papel de los insectos vectores en la transmisión de las enfermedades infecciosas. Como consecuencia, se desconocían conceptos como la asepsia o la antisepsia. Las intervenciones quirúrgicas en las cavidades estaban prácticamente vedadas, pues ni el dolor, ni la infección ni la hemorragia estaban resueltos. Se desconocía la naturaleza de la lesión. La anatomía patológica macroscópica se efectuaba sobre el cadáver, pero aún no se usaba el microscopio para identificar los tejidos y las lesiones; para ello tendríamos que esperar la obra de Rudolf Virchow en la segunda mitad del siglo XIX.

Los médicos no tenían medios auxiliares de diagnóstico; armados únicamente con los órganos de los sentidos -incluyendo el sentido común- y de sus conocimientos, el médico tenía que vérselas con el enfermo y la enfermedad: nada de radiografías, análisis clínicos, anatomía patológica u otras.

En cuanto al arsenal terapéutico solo comentaré que era de eficacia limitada. El nuevo conocimiento de la botánica americana supuso la adopción de nuevas plantas medicinales para uso terapéutico, singularmente la quina.

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En lo referente a los Hospitales, si bien su número aumentó y la calidad de la asistencia mejoró, no podemos decir que fuesen del agrado de los enfermos. Hospital y muerte estaban asociados en la mente de los ciudadanos, y con frecuencia no sin razón. Todo el que podía prefería ser atendido en su casa, incluso en épocas de epidemia. Aquellas grandes salas llenas de camas, lamentos y malos olores repelían a los posibles usuarios.

Para tratar acerca de todos estos temas hemos contado con un elenco de autores de reconocido prestigio procedentes de distintos ámbitos del conocimiento; así tenemos a médicos, farmacéuticos, enfermeros e historiadores, tanto civiles como militares. A todos ellos mi más sincero agradecimiento por su desinteresada colaboración en esta obra colectiva.

También quiero agradecer al público su presencia en este acto, en unas fechas de apretado calendario de actividades académicas y culturales.

He dicho

José M. Blanco Villero

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